viernes 21 de noviembre de 2008

Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki

Ajuar funerario es una exaltación de la micronarrativa de terror. A lo largo de casi noventa pequeños cuentos (ninguno supera la página de extensión), el escritor peruano Fernando Iwasaki disecciona con acierto las claves de un género al que autores como Poe o Lovecraft dieron lustre (no en vano a ambos hay homenajes en el libro). Vampiros, hombres-lobo y ánimas en pena acaparan la atención en buena parte de los textos. No faltan tampoco las alusiones a leyendas urbanas por todos conocidas (la chica de la curva, por ejemplo). Ni el humor. Resulta digna de mención la capacidad del autor para hacer pasar al lector de la sonrisa al escalofrío (y viceversa) en apenas una línea. Con un notable dominio de los registros del lenguaje, Iwasaki convierte a los niños en protagonistas de muchas de las historias, tal vez de las más aterradoras. Un ejemplo:

PETER PAN

Cada vez que hay luna llena yo cierro las ventanas de casa, porque el padre de Mendoza es el hombre lobo y no quiero que se meta en mi cuarto. En verdad no debería asustarme porque el papá de Salazar es Batman y a esas horas debería estar vigilando las calles, pero mejor cierro la ventana porque Merino dice que su padre es Joker, y Joker se la tiene jurada al papá de Salazar.

Todos los papás de mis amigos son superhéroes o villanos famosos, menos mi padre que insiste en que él sólo vende seguros y que no me crea esas tonterías. Aunque no son tonterías porque el otro día Gómez me dijo que su papá era Tarzán y me enseñó su cuchillo, todo manchado con sangre de leopardo.

A mí me gustaría que mi padre fuese alguien, pero no hay ningún héroe que use corbata y chaqueta de cuadritos. Si yo fuera hijo de Conan, Skywalker o Spiderman, entonces nadie volvería a pegarme en el recreo. Por eso me puse a pensar quién podría ser mi padre.

Un día se quedó frito leyendo el periódico y lo vi todo flaco y largo sobre el sofá, con sus bigotes de mosquetero y sus manos pálidas, blancas blancas como el mármol de la mesa. Entonces corrí a la cocina y saqué el hacha de cortar la carne. Por la ventana entraban la luz de la luna y los aullidos del papá de Mendoza, pero mi padre ya grita más fuerte y parece un pirata de verdad. Que se cuiden Merino, Salazar y Gómez, porque ahora soy el hijo del Capitán Garfio.

Fuente: Iwasaki, Fernando. Ajuar funerario. Editorial Páginas de Espuma S. L. Madrid, 2004. Págs. 27-28.

Un enlace interesante: Claves de Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki.